lunes, 25 de agosto de 2025
"Bicentenario del Combate de la Cañada"
Hoy les comparto esta interesante reseña que encontré sobre el Bicentenario del Combate de la Cañada, en la cual fue una figura clave nuestro trastatarabuelo, el Gral. Julián Laguna Delgado-Melilla, Prócer de la Independencia, héroe del Rincón, de Sarandí e Ituzaingó, Jefe del Estado Mayor del Ejército y 1er Ministro de Guerra y Marina del Uruguay.
Estudio histórico realizado por Javier Ricca
El 21 de agosto de 1825, en las inmediaciones del arroyo San Francisco, las fuerzas patriotas al mando del coronel Julián Laguna vencen a las tropas imperiales brasileñas que ocupaban Paysandú. La acción culmina con la recuperación militar y simbólica de la Villa, donde se enarbola el pabellón tricolor.
A dos siglos de aquel enfrentamiento, este artículo rescata los testimonios directos de sus protagonistas -partes oficiales, correspondencia personal y documentos militares-, con el propósito de reconstruir uno de los episodios más significativos de la gesta de 1825 en tierra sanducera.
Una acción clave de la campaña de 1825
Al iniciarse la insurrección de los Treinta y Tres Orientales, la villa de Paysandú, enclave estratégico sobre el litoral, estaba ocupada por tropas portuguesas desde 1817 y permanecía bajo control imperial.
Cuando Juan Antonio Lavalleja convocó, el 14 de junio de 1825, a todos los pueblos de la Banda Oriental para formar un gobierno provisorio en la Florida, Paysandú seguía bajo dominio enemigo y, por ello, no pudo elegir un representante para participar en la convocatoria. En este contexto, la ofensiva militar, coordinada por Fructuoso Rivera en el litoral, buscaba revertir la situación y recuperar el control de la villa sanducera, a través de las fuerzas comandadas por el coronel Julián Laguna.
En la madrugada del 20 de agosto, Laguna acampó cerca del arroyo Negro, a la espera de caballadas que le permitieran ejecutar el asalto. Esa misma tarde, fue informado de que fuerzas imperiales se dirigían hacia el arroyo San Francisco.
Laguna informaría lo ocurrido con estas palabras: “Entré a Paysandú, la fuerza que allí se hallaba había salido fuera a dormir al campo… [y fue] en una cañada inmediata al [arroyo] San Francisco…[donde] uno de los escuadrones que había destacado sobre mi derecha… batió a la fuerza enemiga… [Que] a pesar de su resistencia, no pudo contener la carga a espada y le fue preciso ponerse en fuga…Fue acuchillada… hasta que logró ganar el monte del San Francisco, quedando en nuestro poder 18 prisioneros y 13 muertos”.
A lo largo del día siguiente al enfrentamiento, un creciente número de militares y paisanos de la fuerza derrotada se incorporó a las filas patriotas. Laguna estimaba que, antes de la noche, debía sumar 300 hombres, los cuales, junto a los que había traído, totalizaron 700 efectivos bajo su mando.
En su parte militar, adelantaba además un plan ofensivo: atraer al brigadier imperial Jardín, apostado en San José (sitio ubicado en Paysandú), hacia el río Queguay mediante una retirada simulada, para luego atacar en condiciones ventajosas.
El triunfo tuvo impacto inmediato. Lavalleja lo comunicó con entusiasmo a Pedro Trápani, secretario de gobierno, exhortándolo a divulgar la noticia “para satisfacción del público y de los interesados en la jornada”. En la misma misiva resaltaba el carácter simbólico de la victoria: “los orientales por todas partes van demostrando al tirano de cuánto son capaces los libres”. La noticia fue reproducida en diversos periódicos, entre ellos El Piloto de Buenos Aires (1º de septiembre) y El Argos de Buenos Aires (8 de septiembre).
Las cartas privadas también reflejan el orgullo de la jornada. En una misiva a su primo Bartolomé Quintero, Laguna expresaba que los “bravos cosacos” habían hecho sus “primeros ensayos” con éxito, que la guarnición enemiga había sido “destrozada”, y que incluso el comandante imperial había debido huir en un buque de guerra. Elogiaba además la disciplina de sus hombres, que actuaron con “el mayor orden y energía que demanda la sagrada causa”. El parte revelaba también la dimensión territorial de la movilización, con la incorporación de cincuenta charrúas armados de lanza y la expectativa de sumar fuerzas de jefes locales como Marcos García, Mariano Paredes y Gregorio Verdún. Este detalle da cuenta de que el movimiento revolucionario, no se limitaba a un núcleo de oficiales, sino que convocaba a los más diversos grupos sociales.
El pabellón tricolor y su continuidad simbólica
En el Catálogo de la correspondencia militar del año 1825, publicado en 1885, el sargento mayor Ventura Rodríguez reivindica la importancia de rescatar documentos olvidados y evoca el gesto de un oficial subalterno en Paysandú: “Se ve al benemérito coronel don Julián Laguna festejar patrióticamente con su serenidad británica, el acto solemne de enarbolar por primera vez el Pabellón de la Provincia en la plaza de Paysandú, en medio del fuego de metralla que le hace la escuadra Imperial anclada en el puerto”.
El izamiento no fue un mero gesto ceremonial. Después de ocho años de ocupación extranjera en tierras sanduceras, la bandera de la Provincia volvía a flamear en territorio liberado. La tricolor -azul, blanca y roja- había sido adoptada oficialmente el 26 de marzo de 1815, y ratificada en el contexto del Reglamento de Corso de Purificación, en el que Artigas ordenaba a los corsarios enarbolar el Pabellón de la Provincia. Su uso respondía también a normas internacionales que exigían que cada entidad administrativa tuviera una bandera propia, reconocida, especialmente en el mar, para no ser confundido con piratas.
El combate de Paysandú consolidó esa continuidad simbólica. La bandera no surgió en 1825, sino que provenía de la etapa artiguista, y era asumida por Lavalleja, Rivera y Oribe como emblema compartido. No obstante, su incorporación al ideario de cada caudillo estuvo atravesada por tensiones: cada uno intentó imprimirle su propio significado y vincularla a sus metas revolucionarias. En ese sentido, más que una mera herencia, fue una construcción simbólica colectiva, reinterpretada y disputada a lo largo del proceso.
Lo cierto es que, el 22 de agosto de 1825, la bandera tricolor fue izada en Paysandú como signo de recuperación territorial y soberanía. Tres días después, el 25 de agosto, la Asamblea General de la Florida la ratificó como oficial, mediante la Ley de Pabellón.
Pese a su trascendencia -pues el combate de la cañada aseguró el dominio patriota en la región-, este episodio permanece relegado en el relato histórico nacional, eclipsado por gestas más difundidas como el cañoneo de Casa Blanca. Recuperar su memoria es hacer justicia histórica: rendir homenaje a los soldados, paisanos y charrúas que lucharon aquel día y recordar, dos siglos después, que la libertad no se ganó solo con discursos en las salas de gobierno, sino también con cargas de sable en las cañadas del país profundo.
Foto: Gral. Julián Laguna Delgado-Melilla, suegro del Cnel. Juan Bernardino Arrúe López de Castilla.
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